Las Nuevas Tecnologías y su incorporación al ámbito educativo
promueven la creación de nuevos entornos didácticos que afectan de manera
directa tanto a los actores del proceso de enseñanza-aprendizaje como al
escenario donde se lleva a cabo el mismo. Este nuevo entorno, creado a partir
de las Nuevas Tecnologías requiere, según Cabero Almenara (1996), un nuevo tipo
de alumno; más preocupado por el proceso que por el producto, preparado para la
toma de decisiones y elección de su ruta de aprendizaje. En definitiva,
preparado para el autoaprendizaje, lo cual abre un desafío a nuestro sistema
educativo, preocupado por la adquisición y memorización de información y la
reproducción de la misma en función de patrones previamente establecidos.
Es por ello que las Nuevas Tecnologías aportan un nuevo reto
al sistema educativo que consiste en pasar de un modelo unidireccional de
formación, donde por lo general los saberes recaen en el profesor o en su
sustituto el libro de texto, a modelos más abiertos y flexibles, donde la
información situada en grandes bases de datos, tiende a ser compartida entre
diversos alumnos. Frente a los modelos tradicionales de comunicación que se dan
en nuestra cultura escolar, algunas de las tecnologías generan una nueva
alternativa tendiente a modificar el aula como conjunto arquitectónico y
cultural estable donde el alumno puede interactuar con otros compañeros y
profesores que no tienen por qué estar situados en un mismo contexto espacial.
Esta nueva perspectiva espacio-temporal exige nuevos modelos
de estructuras organizativas de las escuelas que determinen no sólo el tipo de
información transmitida, valores y filosofía del hecho educativo, sino también
cómo los materiales se integran en el proceso de enseñanza-aprendizaje, las
funciones que se le atribuyen y los espacios que se le concede.
En esta línea, Escudero Muñoz (1995) propone para una
integración aceptable de las Nuevas Tecnologías de la información y
comunicación, “la preexistencia de un programa o proyecto pedagógico, como
marco de sentido y significación para decidir sobre el cuándo, cómo y por qué
del uso o no de un determinado medio o tecnología” (406). Esta integración escolar
de las Nuevas Tecnologías exige una línea de argumentación propiamente
educativa, centrada en reflexionar y debatir sobre qué cuestiones ideológicas
entran en juego al utilizar en la educación ciertos medios dentro de sus
posibilidades educativas, administrativas, y culturales.
Para que los medios queden integrados en el trabajo cotidiano
de las aulas, se requiere la participación activa de un elemento clave: el profesional de la educación. Es él
quien, en cada situación de aprendizaje, con sus decisiones y su actuación,
conseguirá que el medio quede integrado. Desde esta perspectiva es evidente que
el papel que debe desempeñar el profesor ha de sufrir un cambio profundo con
respecto al que ha ejercido de forma tradicional. El profesor pasará de ser el
elemento predominante y exclusivo en la transmisión de conocimientos a
convertirse en una pieza clave del proceso enseñanza-aprendizaje, como elemento
mediador generador y organizador de situaciones las situaciones de aprendizaje.
El profesor constituye una pieza esencial de todo proceso de
mejora cualitativa de la enseñanza, para lo cual su formación inicial en Nuevas
Tecnologías resulta fundamental. De ahí que haya que plantearse seriamente el
tema de la formación de docentes en el uso de las Nuevas Tecnologías desde
planteamientos pedagógicos que garanticen la verdadera integración de estas
herramientas en la realidad escolar.

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